sábado, 23 de febrero de 2019

LA AVENTURA DE EL CID



 CRV. > Madrid

Es, como yo, uno de esos a los que un ministro llamó caspa, una ministra dijo que, por ella, nos prohibiría, uno de esos a los que otro ministro progreprohibicionista que se reúne ahora buscando agua/votos con Victorino, nos descalificó como caverna en su Madrid Capital Animal. Que buena es la memoria. Es uno de esos, como yo, y a diferencia del yo, tiene, además, una nacionalidad propiamente española, estupendamente e irrenunciablemente española : es de Salteras, Sevilla. Villa del Aljarafeespañolisísimamente casposa, tradicionalmente de caverna: esa carne con sus papas, esas fritadas de huevo y zorzales, esos garbanzos con bacalao, esos arroces, esos platos de cuchara que provocan dos lagrimones de caspa al paladar y al alma. Es uno como yo, pero ser superior, no por tener a mano la carne y las papas, sino por lo que ha hecho con su carne y su alma.


Le bautizaron dos veces, que se sepa. Una para ponerle Manué. (Manuel) Ya saben, nombre españolísimo de caspa hispana para los progretontos y adjuntos. La otra, para torear, le pusieron El Cid. No se si con su guasa. Porque si en su carrera hubiera habido una Tizona para “Guitarrero” de Hernández Plá en Madrid, o en el mismo sitio para un toro de lo de núñez de los Lozano, de nombre “Guitarra, o muchos varios toros más en Sevilla y en mil partes, Manué, Manuel, habría sido el mismo pero de otra forma. Y de eso va esto, de ser “uno mismo”.

En esta España inexistente de la aventura, los cojones, el talento y la audacia, la que ahora se define como España de la caspa, ser “uno mismo” carece del valor añadido. Porque en esta España de progresía falsaria y frustrante, entre británico victoriana y estalinista, tan dedicada a la higieneética power flower, que un hombre se vaya al Valle del Tiétar para buscarse el arte y la vida durante seis largos años, no tiene lírica. Y si algo se le debe a El Cid, es esa lírica no cantada, silenciada, metida debajo de la alfombra de su historial grande de torero hecho así mismo. De figura del toreo hecha por uno mismo.

Tan brillante historial lírico le fue robado porque, la verdad, no le echamos cuenta. Le ha tocado vivir en la época de las prisas, que son muy malas para los toreros, pero a los que se le exige despunten de prisa o se vayan a casa. Los que se van al Tíetar tienen dos cojones, y los cojones, me reafirmo, tienen lírica. Grande. Es un relato parejo a la Ilíada o la Odisea de Homero. Cocinado en ese viaje de aventuras, sin embargo fue torero que se dio a conocer de repente, y se nos olvidó su odisea. De tanto hablar de su mano izquierda, la que volvió a dar vida a los Victorinos, desde cuajar a aquél de Bayona hasta los seis de Bilbao, se nos olvidó lo que la envuelve: una historia de torero y de hombre muy española, muy racial, muy nuestra, muy de hidalguía, muy de noble y muy noble.

Hay cosas que no se pueden olvidar de Manuel. La sustracción de su ejemplo lírico, que no es asunto menor pues el toreo vivió siempre de la lírica, es de obligada restitución. Y a un servidor, obsesionado con que el toreo grande es el que reduce las embestidas, un cartucho de pescao a un toro de El Pilar en Las Ventas que salió de los vuelos, en el primer pase, a menos velocidad del gran tranco de inercia que traía desde las tablas. Que grande es el recuerdo.

Otra cosa que no se olvida de Manuel es su transparencia. Pocos toreros, al vestirse de luces, han propuesto y expuesto su desnudez. Pocas veces un traje de luces se hizo tan traslúcido, piel fina. Nunca se supo tapar cuando aquello iba de mover las piernas. Hay toreros que trabajan esa cuestión no sea que se note en demasía. Particularmente me agrada el torero que no lo hace. No por una cuestión de valor o de miedo, sino porque añade el valor añadido que pocos ven ya en el torero, al que, supuestamente, el valor se le supone.



Porque el toreo va de no suponer nada, sino de superarlo todo, miedo incluido, que el miedo es muy necesario para el arte. Sin miedo, sin temor, sin barrigas agitadas, barbas que crecen, corazones que se afligen antes de ser gigantes, ni hay arte ni hay toreo. Ser torero es, si es que se puede definir ser torero, superar la congeladera de huesos que produce el único miedo que ningún hombre o mujer que no haya sido torero, alcanzará a conocer.

Comienza la penúltima Odisea de El Cid. Ojalá que un año de adiós no fingido ni sobre actuado, sino de despedida de hombre, quepan todos los días de su vida de torero. Todos juntos en recuerdo, en homenaje, en reconocimiento. Comienza un año de adiós por las plazas y los públicos que, sin duda, recobrarán la justa memoria para el mejor y mas justo de los recuerdos. Un torero de una vez, inmaculado en historial, jamás dado a la sobre actuación ni al despecho. Un torero libre toda culpa.

Una figura ejemplo de la España de los aventureros.


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